italiano inglese spagnolo francese portoghese
Print
Home :: GIACOMO CUSMANO :: El sueño

El sueño

En uno de los primeros días de julio de 1878, el día siguiente por la  tarde del día en que recibió la noticia del segundo rechazo por  parte de los institutos a los que quería dejar en manos su obra, se dispuso a escribir una carta a monseñor Tapan para informarlo de la situación y pedir consejo sobre lo que quería hacer.
"Estaba terminando de escribir la carta, una sensación de molestia unida al sueño me hizo tender sobre la cama que estaba a mi lado;  y en el sosiego de aquel descanso creía estar en un campo,  en  una montaña partida: la cumbre se erguíba a mi izquierda; en frente una aguda sinuosidad dejaba  ver el azul del cielo; a mi derecha colinas más bajas, mirando con atención vi una caverna  en la que estaban reunidas mis pobres huérfanas con  la amables Monjas;  detrás de ellas distinguí  a una mujer desconocida: ella llevaba en la misma manera ropa pobre y estaba en el acto de amamantar a un niño.
¡Estas cosas se manifestaron al mismo tiempo, y fue una gran sorpresa cuando en aquella mujer reconocí a la gran Madre de Dios! Un  grito elevado y un salto, me hizo caer de rodillas a los pies de la Madre Santa, todos advirtieron lo que ocurrió;  pero yo no supe hacer otra cosa que besar y besar los pies de la Santa Virgen, me quedé postrado frente a ella con el consuelo de un niño, que extraviado y asustado, encuentra en el seno de la madre, la seguiridad de cada peligro.
Me habría quedado allá toda la vida, toda mi vida, si la tierna Madre, levantándome de sus santos pies, no me hubiera acercado a su pecho, dónde un momento antes vi al Niño; y en aquel instante, que yo recuerdo con emoción, me confortaba para tener esperanza: la obra era aprobada por Dios, a su tiempo se haría próspera para el gran objetivo, para el que la hizo nacer. Luego, aludiendo a mis desalientos y a mis indignidades me dijo mirando tras mis hombros: “¡Es a mi tierno Hijo, a Él debes todo! ".
Me volví atrás, para buscar al  que  debía todo y vi al Niño , a la edad de cuatro o cinco años, con los ojos rojos como quién ha llorado, y muy serio  me mandó que me derribara para pedir perdón de mis ingratitudes y a suplicar piedad para aquellas pobres criaturas que me fueron encomendadas, también imploró a la Providencia para  que les diera de comer.
Luego me levanté para ir a tomar los trozos de pan que formaban  nuestra provisión;  pero, volviendo, vi solo a la  Madre de Dios, delante de Ella me arrodillé, pidiéndole que bendijera los  trocitos de pan para que fueran suficientes para saciar a todas las huérfanas. Y la Madre Santa, con actitud benigna, aceptó mi ruego y oración y bendijo aquellos pocos trozos,  pero no en la misma maniera, sino haciendo como una cruz con su mano.
Encantado me levanté para dividirlos entre las huérfanas, cuando, miré  hacia la montaña, vi dos grandes ollas de hierro en medio a un gran fuego y el agua que estaba hirviendo saltaba con la pasta que había adentro. Quería encontrar un paño para no quemarme al quitar las ollas del fuego;  pero la aguda fe , (quien me hizo encontrar las ollas con la pasta, cuidó mis manos), me arrojó para cogerlas. Luego me desperté.